Leído en: 2024.
Escritor: VV.AA.
Género: Fantasía, terror.
Año de publicación: 2013.
Sinopsis: Esta antología recoge 57 de los mejores relatos fantásticos de los siglos XIX y XX de autores de tres continentes. La totalidad de estos cuentos demuestra sobradamente que la literatura fantástica es mucho más que un mero género literario. Su vasto abanico de temas, complejidad narrativa y continuidad en el tiempo, y el hecho de que tal vez los mejores relatos de los dos últimos siglos ya transcurridos sean fantásticos —pensemos en Poe, Maupassant o Henry James en el XIX, y en Borges o Kafka en el XX—, es ya una prueba cabal de que constituyen una categoría literaria universal de primer orden e inagotable potencia.
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Acertada selección en general, con varias omisiones y añadidos superfluos según el criterio de cada cual, en la que predominan las obras sutiles y enigmáticas. Ya había leído antes nueve doce de las cincuenta y siete: no muchas, en verdad, y de varias no recordaba nada. Además, me ha descubierto dos o tres escritores estupendos a los que tendré que investigar. Es una antología más amplia que otras que tengo, quizá por tratar la fantasía y no ceñirse al terror (aunque hay, y bastante), y se la recomendaría a cualquiera con los ojos cerrados.
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[No sigas si no has leído el libro:
a partir de aquí desvelo el argumento]
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«El hombre de arena», de E.T.A. Hoffmann - 7. Lo cuenta con sencillez y con maestría, y el cuento quizá sea sobresaliente desde un punto de vista formal. La distancia me hace valorarlo menos.
«El elixir de larga vida», de Honoré de Balzac - 8. Me sigue complaciendo este, mucho más denso en estilo, ideas y digresiones que el anterior, y también macabro. «¡Mirad cómo nos bendice el santo!»... me parto.
«La dama de pique», de Aleksandr Pushkin - 8. Predecible y moralista, pero muy bien escrita y con un acertado toque de ironía.
«Manuscrito hallado en una botella», de Edgar Allan Poe - 8. Aunque casi podría decir que estoy cansado de leerlo (junto con el resto de nuestra antología, por motivos evidentes), y no es de mis preferidos de verdad, su rica imaginación y los toques de ingenio engrandecen la aventura, y estoy seguro de que se cuenta entre los diecinueve mejores del autor (afirmación explícitamente refrendada por el eminente Dr. Busilis de la Universidad del Miskatonic).
«El velo negro del pastor», de Nathaniel Hawthorne - 5. Una historia tan seriamente centrada en un tema cristiano, sin ningún atisbo de crítica, con sus mojigaterías y sus dogmas absurdos y narrado de un modo tan monótono no podía convencerme... Hay tensión y el comienzo promete, pero la hipocresía de los creyentes y sus motivaciones de fumaos lo echan a perder en gran medida (lo de no confiar ni en su mujer porque quiere más al amiguito invisible es de traca; ¿pero cómo no te va a mandar a la mierda si pretendes pasarte la vida entera con un trapo pegado a la cara y no explicar siquiera a qué viene el capricho, hombre de dios? Aunque, ¡sorpresa!, al final la meapilas aguanta a su lado y le sirve de enfermera cuando la está palmando, ¡qué sacrificaditas son las féminas, casi como Yisus!). Nada, que se meta la parábola por donde le quepa y luego coloque un velo negro sobre el orificio. Ya no me pillo sus Góticas. Hay que desconfiar de las recomendaciones de otros escritores, bien lo sé (Borges, ni puto caso te vuelvo a hacer).
«El pie de momia», de Théofile Gautier - 5. Seguimos con decepciones. Esta vez no hay nada que mine la fuerza del relato como sucede en el anterior, sino que directamente no tiene: es amable e inofensivo, y eso no ayuda al argumento, basado en lo exótico del Antiguo Egipto y en un giro trilladísimo. Entretiene y poco más.
«Vera», de Villiers de l'Isle-Adam - 8. Pasamos el bache... Me estaba gustando con alguna reserva; la llave de la tumba en la habitación le hace ganar varios puntos.
«Monkton el loco», de Wilkie Collins - 8. Pues ahora me apetece leer más del hombre este... Una narración con tintes clásicos victorianos, sin altibajos y contada con gracia.
«Hechizados y hechizadores, o la casa y el cerebro», de Edward Bulwer-Lytton - 4. Este ya lo leí en otra antología; como tenía un título distinto no me acordaba... Hoy se me ha hecho un poquito menos pesado.
«¿Qué era eso?», de Fitz-James O'Brien - 7. Otro ya leído (en Felices pesadillas) sin recordarlo hasta estar en ello: es el de los porreros y el ser invisible; me ha parecido ligeramente mejor en esta ocasión.
«Juicio por asesinato», de Charles Dickens - 6. Se tiene que disfrutar más acostumbrado a los relatos de fantasmas victorianos y sus clichés (y si se conoce algo de la justicia de aquel entonces); para mí, normalito y enrevesado en cuanto a la trama y agradable en lo tocante a la escritura, y solo después de pensar, y de leer un poco sobre el cuento, aprecio ese final donde quien se le aparece al asesino para atormentarlo no es el espectro de su víctima, sino el presidente del jurado (lo cual, por otro lado, resulta incongruente a no ser que esté muerto... o sea parte del chiste).
«Un sueño», de Iván Turguénev - 8. Qué ha soñado y qué no... De los que se terminan y se aprecian más al pensar en ellos.
«El testamento del señor Toby», de Joseph Sheridan Le Fanu. - 7. Una pena lo rocambolesco del asunto. Hay pasajes marca de la casa (RF).
«Amour Dure», de Vernon Lee - 9. Es dejarse llevar un poquito y... Una autora a quien seguir el rastro.
«¿Quién sabe?», de Guy de Maupassant - 6. Hay ritmo, la escritura es más que correcta, asumo el movimiento de los muebles sin que me entre la risa... y aun así me es indiferente. No soy yo muy maupassantero por lo que leído de él, aunque me agrada su estilo.
«La marca de la bestia», de Rudyard Kipling - 7. Uno más que ya leí, en Miedo en el cuerpo, y no me acordaba. Aquello que pudo ser exótico para los lectores antiguos hoy se muestra, más que entonces, grotesco y de rancio colonialismo.
«El pueblo blanco», de Arthur Machen - 9. A pesar de un “Los niños y las mujeres (...) e incluso los animales”, le perdono eso y un par de detalles, que estoy de buen humor, y solo por El libro verde puede ser mi preferido del Machen.
«La muerte de Halpin Frayser», de Ambrose Bierce - 8. Sigo con la moral alta y me atrapan el estilo sucinto y esos chistes típicos suyos.
«El empapelado amarillo», de Charlotte Perkins Gilman - 7. Seguro que era amarillo huevo... Lo leí primero en Terror sin límites, y me sigue hechizando su atmósfera.
«La ventana de la biblioteca», de Margaret Oliphant - 8. Ejemplo perfecto de lo que espero encontrar en la buena literatura victoriana de fantasmas: un relato eficaz donde las tonterías encorsetadas y moralistas que asocio con ella no abruman. Maneja de forma magistral la sutileza esta señora, por cierto.
«Los amigos de los amigos», de Henry James - 6. Por una parte, hay intriga y una atractiva ambigüedad; por otra, la actitud de los personajes es demasiado estúpida, y la trama, un tanto inverosímil; para como, al estilo le falta brillo para compensar lo recargado, y hace la lectura algo pesada en ocasiones. La otra cara de la moneda fantasmal victoriana, supongo.
«Cómo llegó el amor al profesor Guildea», de Robert S. Hichens - 3. Las gracias sobre una relación de amistad (poco creíble, todo hay que decirlo) entre dos personas con mentalidades opuestas no salvan un argumento y una conclusión sin sentido.
«La habitación amueblada», de O. Henry - 5. Los espíritus no son lo mío, y aquí falta sentimiento. Se revela el engaño de la casera y, quizá por cómo está redactado, no me conmueve.
«Silba y acudiré», de M.R. James - 9. Cuidado con el Montague Rhodes James... Qué historia se inventa: incertidumbre, personajes sólidos, un buen desenlace y (ya era hora) un humor competente. Quiero más de este señor.
«Lázaro», de Leonid Andréiev - 6. Joder con el Lázaro, contagiando una especie de náusea sartreana a todo dios... Notable idea, así como el estilo; en cambio, que Augusto soporte parcialmente su mirada me chirría, echo en falta cohesión en los sucesos y tanto misterio solo es efectivo mientras se lee.
«La estatua de sal», de Leopoldo Lugones - 5. Psé. Espero que el siguiente no sea religioso.
«La araña», de Hanns Heinz Ewers - 7. No es la maravilla que creía, pero me gusta; un clásico (RF). Clarimonde se llama como la vampira de La muerta enamorada (¿cogería el nombre de ahí?) y el relato me recuerda a otro que no puedo precisar (una buhardilla con un ventanuco por el que mira el protagonista en un pueblo pequeño... algún día lo sabré).
«El Wendigo», de Algernon Blackwood - 8. La lograda atmósfera y una sensación de naturalidad en el argumento hacen que algunas incoherencias en la actitud del Wendigo (y de su víctima) no tengan mayor importancia. Una memorable leyenda de los bosques a la altura de Los sauces, del mismo autor, y que ya había leído (varias veces) en Los Mitos de Cthulhu.
«Dos imágenes en un estanque», de Giovanni Papini - 7. Bueno pero inofensivo; la reflexión sobre el cambio con la edad es lo destacable.
«El tatuaje», de Junichiro Tanizaki - 6. Muy tradicional en diversos aspectos y no tan evocador como debería.
«La bella que saluda», de Oliver Onions - 7. La sorpresa hoy en día no es tal (se adivina desde la primera pista), aunque lo importante es esa descripción de cómo la locura (o una presencia femenina en la casa) se adueña de la voluntad del protagonista; resulta muy verosímil. Da bastantes vueltas (quizá las necesarias) para crear la atmósfera adecuada, y hay partes entre anticuadas y aburridillas... sin embargo, merece la pena.
«El ventanal abierto», de Saki - 9. Me encanta cada vez que lo leo; es imposible no reírse con Vera.
«Orugas», de E.F. Benson - 5. No está mal contado, pero es un sinsentido.
«La visita de J.H. Obereit a las tempojuelas», de Gustav Meyrink - 7. Mmm... Rarito y curioso, funciona aun cuando hay incoherencias. A ver si pillo El Golem a no mucho tardar.
«Una vieja página», de Franz Kafka - 8. Vale, Kafka; así, sí. O bien se alinearon los astros, o bien te he pillado el truco. Tendré que comprobarlo.
«El pueblo más cercano», de Franz Kafka - 8. Nada, debería ponerme con sus zozobras completas hoy que estoy receptivo... mañana puede ser tarde ya.
«La música de Erich Zann», de H.P. Lovecraft - 9. Uno de mis preferidos del autor; siempre es un placer releerlo.
«Donde suben y bajan las mareas», de Lord Dunsany - 7. Vaya día: hasta me complace el Dunsany... Tendría que seguir y no parar nunca.
«Donde el fuego nunca se apaga», de May Sinclair - 8. Título alternativo: Al infierno por adulterio; o Aprende a confesarte. La atmósfera, claustrofóbica y de pesadilla en la parte final, en contraste con la realista de antes, es vívida y creíble, produce tensión si te sumerges en ella. Menuda idea perversa que el futuro condicione el pasado de esa forma y que los recuerdos se diluyan en el infinito hasta que solo quede el pecado y se repita por toda la eternidad... Digno de Dante.
«La nieve», de Hugh Walpole - 5. Dibuja a los personajes con dos pinceladas, crea un ambiente propicio... y elige un argumento rancio y beato que acaba de manera ridícula.
«El accidente», de Ann Bridge - 5. Aventuras montañeras con poco horror.
«Las islas nuevas», de María Luisa Bombal - 8. Termina menos interesante de lo que empieza, se diluye el matiz onírico: esa cita del libro de texto me convence solo a medias y tras pensar un rato; prefería el misterio más etéreo del resto. La historia es opaca, fantástica y poética. No suelo disfrutar cuando hay tanta ocultación consciente y significados velados que no puedo desentrañar, pero aquí sí me ha ocurrido durante la mayor parte de la lectura. Y, al igual que en otras ocasiones, es una delicia leer a quien escribe en castellano con semejante dominio del idioma, y más después de tanta traducción.
«Las ruinas circulares», de Jorge Luis Borges - 9. Sobresaliente en lo formal, y la inmersión es absoluta; notable por previsible y cierta lasitud. Me siento generoso, que ya hace que no leo nada de él.
«Los siete mensajeros», de Dino Buzzati - 9. Pues me ha sorprendido esta especie de parábola de la vida. Me apunto al escritor.
«La noche de Margaret Rose», de Francisco Tario - 5. Se alarga mucho hasta un giro último sin el vigor que me gustaría.
«Viaje a la semilla», de Alejo Carpentier - 9. Estilo, ambiente y sentimiento.
«La trama celeste», de Adolfo Bioy Casares - 7. Un pelín enrevesado y falto de tensión. Por lo demás, curioso.
«La lotería», de Shirley Jackson - 8. Por eso no juego... La impresión ha sido algo mayor esta segunda vez.
«Fueron testigos», de Rosa Chacel - 7. Bien la forma; el argumento, un poco raro
«Axolotl», de Julio Cortázar - 9. Además de que son bonitos los bichos, este cuento con reminiscencias de Lovecraft (aunque a Cortázar no le vaya) no tiene desperdicio.
«Los objetos», de Silvina Ocampo - 7. Parece tibio; luego, puede uno imaginarse que, al reaparecer, traen consigo una multitud de recuerdos y estados de ánimo que la protagonista no asimiló y ahora la abruman.
«Los cicerones», de Robert Aickman - 7. Extraño, breve y absorbente.
«Allal», de Paul Bowles - 7. Una especie de Axolotl con serpientes no tan conseguido (mejor el horror cósmico de aquel que una simple transmigración fortuita) pero más que correcto y que parece crecer en la memoria.
«La leyenda de los durmientes», de Danilo Kiš - 3. Y vio mucho adorno en un estilo corriente. Avanzó y avanzó sin llegar a ningún sitio. Chorradas religiosas y sosas repeticiones desfilaban ante sus ojos entrecerrados mientras le vencía el tedio. ¿Acaso también era esto un sueño? Porque sí que lo da.
«La canción de Lord Rendall», de Javier Marías - 6. Ambiguo y, me parece, formalista, y es frustrante no encontrar una solución. ¿Locura, doble, sueño...? Quién sabe.
«El ángulo del horror», de Cristina Fernández Cubas - 7. Una ligera insinuación del motivo de que ella también acabe descubriendo el ángulo (y también, si acaso, de por qué lo encontró primero él) y resultaría de veras sobrecogedor.
«Lo oculto», de Naiyer Masud - 7. Muy a la vista no está, no... Sin llegar a lo abstruso, sí deja incógnitas sin desvelar y hay que hacer un esfuerzo, pero no es en vano.